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El neofeudalismo

01/12/2011

Hay  algo que debemos admitir si es cierto que creemos en la libertad y  aspiramos a la soberanía ciudadana: no puede ya hablarse de democracia  en la actual situación política y social. El Sistema imperante ha  destruido la mecánica democrática y la ha sustituido por una  multiplicidad de potestades de oscuro origen que operan a su antojo. La  ciudadanía no pasa de ser más que un pretexto. El tiempo es de un  feudalismo tan disperso como insolente.

Las promesas electorales  son burladas  apenas los vencedores se aproximan al gobierno o al  llamado proceso de gobernanza, como ahora empieza a decirse, inyectando  en el vocablo un sentido puramente administrativo. Los poderosos han  colonizado universidades, iglesias, organismos internacionales y  estructuras financieras para crear la gran doctrina de que el mundo no  tiene más que un camino. Y millones de seres sufrientes comparten esa  opinión, descalificándose a sí mismos, condenándose por graves pecados  -como el pecado del consumismo- sin reparar siquiera en que han sido  víctimas del engaño y la mentira.

Lo mortal  de esta omnipotencia del poder es que ha perdido toda coherencia interna  y ha acabado por degradarse en una concurrencia inorgánica de poderes.  La monarquía absoluta que significó la gran época liberal-burguesa, en  donde todos los poderosos se cobijaban bajo una única corona ideológica  -cada cual sabía cuál era su papel en la gran conjunción-, se ha  disuelto en banderías que han acabado en el bandidaje.

El progreso moral de la humanidad consiste en una  larga cadena de rebeldías. Si el hombre es incapaz de liberarse del  dogma ideológico y de las formas lingüísticas con que lo expresan los  poderosos nunca acabará la penitencia de las masas.

El feudalismo  actual se caracteriza, como todos los feudalismos, por su incapacidad  para construir verdaderos sistemas de crecimiento. El señor feudal es  excluyente y marca su territorio con determinación y dureza. Luego lo  explota desordenadamente en un proceso que alterna la extorsión con las  huídas, los desgarros de la moral con temores cotidianos que le fuerzan a  ser cada vez más cruel. Va y viene de lo privado a lo público, de lo  público a lo privado. No le importa ya el imperio sino su miserable  intimidad temerosa y desconfiada. Los cabecillas feudales de esta hora  son, por ejemplo, los manipuladores de la deuda, los explotadores de  necesidades elementales de acuerdo con quienes, creyendo que participan  del rigor y sabiduría de la élite, los sirven de una u otra manera.

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